Decidí escribir un punto final a la palabra melancolía, tachar la primera y el resto de alfabeto que formara tu nombre. Me prohibí volver a sustituir tu nombre por un pronombre. Es tan sólo un simple protocolo de buenos hábitos. Sé que suena dramático, pero quizás deba replantearme si tengo un problema.
No sé a quién escribo, qué me importa, nunca tuve mucha lógica, me engañaron con mi mayor arma, y acepté la mentira aun siendo lo peor que asumo.
No sé quién eres, tampoco sé quién soy yo, pero sigo dándote juego, soy una promesa perfecta de la palabra contradicción. Te mentiría si te dijera que no te miento, pero no me malinterpretes, es que no acostumbro a decir la verdad, aunque a decir verdad creo que ahora mismo estoy mintiendo. Pero no mentiría si te deseara que sean buenas tus noches, o sobre todo, hoy tu día. Pero no te las deseo, no te deseo absolutamente nada.
Me limitaré a fingir que no importa que este día se tache del calendario, y volveré a mi dulce rutina, con mi NADA y con mi NADIE. Mi vida ya no está sujeta a cambios, está totalmente independiente,
me has marcado la palabra indiferencia en la cara. Y si te escribo a ti, no es porque te eche de menos, ni porque quiera que vuelvas. Te escribo a ti, porque eres responsable del reverso de mi etiqueta, porque esa ausencia de nuestros días, se convierte un recuerdo dulce. Y al final me desvío del tema. Por eso ya no puedo escribir, me corrijo, no es que no pueda, es que no puedo escribir sin que mis palabras sigan acentuándose pidiéndote a gritos que vuelvas.
Dejo esto suspendido, porque siempre empezamos por el final y acabamos por el principio...
Cíclate, es un ciclo, termina donde empezaste.
Por eso vuelvo, para después volver a volverme a ir.