>VER SUMARIO

-->

miércoles, 23 de febrero de 2011

No recuerdo cómo ni por qué.

No recuerda cuándo dejó de ser una mujer (con su piel, sus músculos, sus vísceras y demás importantes) y se convirtió en un zombi. Un zombi de esos de las películas que por las noches velan y recita casi en sueños aquello de: "si me llamaras, ay amor de mí, si me llamaras", a la luz de una tenue vela en la oscuridad; y por el día duermen. Duermen o lo intentan, porque no siempre lo consiguen. Ella no quería devorar humanos, quería devorarla a ella, comerla, estrujarla, sentirla... A su niña de piernas largas, tan tierna... a la que echaba tanto de menos cuando ni siquiera se había marchado. Sentía pálpitos, a veces, y era su maltrecho corazón que pedía tregua, que confesaba crímenes, que firmaba un pacto de no-agresión con la cabeza, que gritaba que ella quería ser humana. Y así vivir una de esas cientos de miles de vidas mortales, ser protagonista de una de esas cientos de historias raras y caóticas que se ven cada día por la calle y que, aunque a veces no notemos, están. Siempre están, se huelen en el aire. Se saborean con las fresas y hacen cosquillas con las burbujas del champán. Morirá la pobre zombi finalmente cuando este cuento acabe, anhelando alimentarse de esos besos que sabe que no van a llegar nunca. Escuchará música deprimente mientras se consume... y la otra ,como nunca, como siempre, le salvará en el último momento de su cataclismo eterno, sangriento y visceral.

No hay comentarios:

Publicar un comentario